La farsa del postcorreísmo tiene un nombre: Rodas

¿Qué cosa era el postcorreísmo? Durante el último año del anterior gobierno los ecuatorianos discutimos ese concepto sin cesar. Era una especie de horizonte al cual, lo sabíamos, no bastaría con llegar: una vez ahí había que construirlo. Era una tarea que concernía por igual a políticos como a periodistas, a empresarios y miembros de las élites como a ciudadanos rasos… ¿Qué ocurrió? Da la impresión de que la hemos dejado en manos de Lenín Moreno. Porque la palabra postcorreísmo desapareció de nuestro vocabulario y del debate público ni bien Correa dejó la Presidencia, como si el país hubiera renunciado implícitamente a esa posibilidad. Quizás nada demuestra mejor este conformismo y esta indolencia nacional que la sobrevivencia política (con el apoyo de élites, medios de comunicación y aliados de todos los colores) del más nefasto de los políticos quiteños de la actualidad: el alcalde Mauricio Rodas.

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En defensa de Martín Pallares: carta a Rafael Correa

Economista Correa

“¡Qué asco da cierta gente que todo lo hace con guantes! Incluso los hijos y los millones”, escribió Cesare Pavese a quien usted sin duda no ha oído ni nombrar. De sus hijos, Correa, no voy a decir nada, faltaría más. Pero sí de su fortuna, amasada con los pulcros guantes de su cinismo chocante y miserable. Fortuna hecha con la complicidad de jueces comprados o bajo chantaje y entre los bastidores del sainete en que convirtió usted la formalidad jurídica en este país. Ya consiguió atracar 140 mil dólares a Fernando Villavicencio, Cléver Jiménez y Carlos Figueroa. Ahora, cuando nos creíamos al fin libres de su impertinencia y su codicia, de su desprecio por la ley y su utilización de los tribunales en su propio beneficio, todavía tiene la desvergüenza de intentar, con juicio penal de por medio, meter la mano en el bolsillo de un periodista, Martín Pallares, a quien usted personalmente empujó hacia el desempleo. Primero lo deja sin trabajo y luego quiere sacarle plata. Con guantes blancos. Da usted asco.

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El periodismo es un asunto personal

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2016 será un año de definiciones electorales: el correísmo celebrará su convención nacional y pondrá en escena, como en ocasiones anteriores, el gran montaje de la democracia interna para ungir a un candidato que habrá sido previamente designado por el presidente.

2016 será un año de recesión económica galopante: Rafael Correa gobernará, como viene haciendo desde diciembre, con todas sus energías puestas en la urgencia de llegar al 30 de cada mes y seguir vivo, objetivo que se volverá cada vez más difícil de alcanzar a partir del segundo semestre del año.

2016 será un año de propaganda aplastante: el gobierno maquillará, como ya es norma, todas las cifras disponibles y duplicará sus esfuerzos para mantener a buen recaudo del público la parte más comprometedora de la información pública. Mientras tanto, la comunicación oficial se concentrará en la construcción del mito de la revolución ciudadana, esfuerzo que desde ya ocupa la mayor parte de las sabatinas presidenciales.

Una sociedad desinformada requiere el correísmo para cumplir estos propósitos. Desinformada y en consecuencia adormecida, porque la información es el combustible que pone a trabajar los cerebros de las personas y sin ella no hay formación de opinión posible. Por eso 2016 será, ya es, otro año de guerra oficial contra el periodismo. Y, al mismo tiempo, es el momento en que el periodismo se vuelve más necesario, más urgente.

2016 es, por lo difícil, un año para no abandonar el periodismo. Un año para salir en defensa de este oficio sin el cual no hay ciudadanía ni democracia posibles. Sigue leyendo

Diciembre cantando: ¿con bemoles, Presidente?

Según el Presidente, pasaremos diciembre cantando. Pero hay muchas preguntas que aguan la fiesta. Carta abierta de José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar a Rafael Correa.

 

Señor Presidente,

Usted había prometido ser muy creativo en la coyuntura actual. La verdad lo ha sido. Tanto, que el país no alcanza a imaginar, como usted mismo reconoció en su última sabatina, todas las cosas que usted y su gobierno han hecho para tapar unos huecos con otros huecos. El año termina con una retahíla de buenas noticias sobre créditos e inversiones, pagos puntuales de deudas, aguinaldos y su alegre promesa de que “vamos a pasar diciembre cantando”. Sigue leyendo

La paradoja de Trasímaco: de cómo un doctor honoris causa puede causar vergüenza ajena

Considerando la recesión económica y el posible desastre que se avecina, este artículo carece de importancia. Es un simple ejercicio de asociación libre de ideas a partir de un puñado de declaraciones del presidente de la República sobre su viaje a Francia. Salta de un tema a otro con desenfado y sin concierto. Hay, sin embargo, un hilo conductor: la fatuidad del presidente y sus títulos honoris causa. Lo dicho: carece de importancia.

En la última sabatina antes de su viaje a Francia Rafael Correa hizo como que ya perdió la cuenta del número de doctorados honoris causa que ha coleccionado. “¿Cuántos tengo?”, preguntó pidiendo auxilio a sus asistentes con su característica sonrisa agria. “¿Trece, catorce?”. De todos los personajes que ha representado éste es el menos verosímil. Porque vamos a ver: ¿cómo hace un presidente para conseguir en ocho años el doble de títulos honoris causa de los que consiguió Albert Einstein en su vida entera? Pues fácil: poniéndole empeño, dedicándose. Y cualquiera que conceda tanta importancia a una tarea tan vacua no puede menos que mantenerse al corriente de los resultados. Sigue leyendo

Ministro Serrano, la Policía no es su fuerza de choque

Señor ministro del Interior:

Ya no sorprende su versión sobre los hechos de violencia del pasado 3 de diciembre. Ya no sorprende oírlo mentir con una solvencia que sólo pudo haber aprendido de su jefe, el presidente de la República. Ya no sorprende verlo a usted representar con él, cada sábado posterior a una manifestación importante, el ridículo sainete del policía bueno y el policía malo: el presidente exigiendo más represión, más detenidos, menos tolerancia; usted llenándose la boca con aquello de “el uso progresivo de la fuerza”. Desde junio venimos asistiendo a este espectáculo de miseria. Sigue leyendo

Gorilas 1 – Correa 0

Hay que oír a Rafael Correa cuando no le queda más remedio que criticar a los militares: cuidadoso, vulnerable, con pies de plomo, con guantes de seda. Se le quita lo gallito.

Sabatina 450 (ya sólo faltan 78 y a él mismo le parecen demasiadas): el presidente arremete contra Juan Pablo Albán, abogado de derechos humanos que actúa como defensor de las víctimas (tres ex guerrilleros de Alfaro Vive Carajo) en el juicio por crímenes de lesa humanidad que se sigue contra siete generales de las Fuerzas Armadas. Le dedica “la cantinflada de la semana” y lo llama “seudoactivista de la gallada de la CIDH”. Es la sexta vez que Correa insulta a Albán en su monólogo de los sábados. Ya antes lo había calificado como “miserable tirapiedras”. De ahí para arriba (o para abajo, según se mire). En cambio al alto mando, a los treinta generales que esta semana acudieron al juzgado con sus uniformes de gala y sus condecoraciones para respaldar a los acusados y presionar a las cortes sin el menor sentido no digamos del tacto sino de la decencia, a ellos… ¡Ah! A ellos se dirige “con todo cariño”. Ante ellos baja el tono, mide sus palabras. Y asegura que “no lo hicieron con mala intención”. ¡Qué va! Su demostración de fuerza es apenas “inoportuna”, “no pertinente”. ¿Quisieron intimidar a los jueces?, se pregunta el presidente. Y se responde: “Dios no quiera”. Sigue leyendo

Un zapato me quiere meter preso

En circunstancias normales, cuando uno recibe una citación para rendir confesión judicial un día sábado sabe que sólo puede tratarse de un error: la ley manda de forma expresa que ese tipo de trámites legales se cumpla exclusivamente en días hábiles. Pero el aparato de justicia del Estado correísta ha puesto la normalidad entre paréntesis. Bajo su control, una citación para presentarse ante un juez en día sábado bien puede tratarse no de un error, sino de una trampa. O ser una forma de intimidación. O simplemente ganas de joder. Hay que tomar precauciones. Lo mejor -contra toda lógica, contra todo sentido común, contra toda noción de legalidad- es presentarse. Porque en el aparato de justicia del Estado de correísta cualquier cosa puede ocurrir, lo sabe todo el mundo. Ahí donde un ciudadano inocente (en una sentencia que reconoce expresamente esa inocencia) es condenado a prisión por el delito de aplaudir, una citación para declarar ante un juez un día sábado es una fruslería. Sigue leyendo

Fernando Alvarado, el gorila que faltaba en el video

Pequeño y miserable, prevalido del fuero que le confirió su patrón, que lo desprecia por cernícalo, el hombre de la cabeza de zapato se cree autorizado a sobrepasar todos los límites. Ya hizo de la persecución a quienes opinan diferente un hecho normal y cotidiano. Ya convirtió la calumnia en una política de Estado; la manipulación y el embuste, en las técnicas oficiales de la comunicación pública; la insidia, la hipocresía y la impudicia, en las materias fundamentales del debate político. Ya abusó de su metro cuadrado de poder en todas las formas imaginables. En un medio tan propenso a este tipo de atropellos como el Estado correísta, donde goza de una posición que le garantiza su total impunidad, debe ser difícil para un tipo con sus limitaciones intelectuales reconocer dónde detenerse. Así que sigue nomás. Sigue y no para. Y se le va la mano, se excede aun para los parámetros correístas, que es decir bastante. Seguramente le jalan las orejas. Entonces recula porque no le queda de otra. Y para disimular –da risa– recula pateando al perro. Pobre tipo. Sigue leyendo

Xavier Lasso o el déspota candoroso

¿Igualdad o libertad? ¿Cuál de las dos es preferible? El dilema se lo planteó Xavier Lasso –él solito, sin que nadie se lo preguntara– en una entrevista con Santiago Estrella, de El Comercio: “Cuando me planteo la discusión entre igualdad y libertad –dijo de buenas a primeras– prefiero la igualdad”. Se agradece la sinceridad del canciller encargado. O su candor, quién sabe. Sus palabras retratan no sólo una forma de pensar, sino una manera de gobernar. No es una casualidad que en esa misma entrevista defendiera a la dictadura cubana como “la representación de la dignidad de los pueblos”, justificara el arresto ilegal de la ciudadana brasileña Manuela Picq (tan ilegal que fue necesario un parte policial fraudulento para encubrirlo) y abogara por la presencia de un Estado que diga –son sus palabras– “vamos a poner orden”. Todos los pueblos aspiran a la igualdad, es cierto. Pero servirse de ese pretexto para postergar la libertad es una desvergüenza, un subterfugio totalitario del cual Xavier Lasso quizá, y no es excusa, no sea del todo consciente. Sigue leyendo