La ducha escocesa de Goebbels y Correa

¿Cuál es el medio de propaganda más potente y eficaz del correísmo? Por supuesto no son las cadenas nacionales ni los noticieros de los medios estatales; no son las cuñas de la Secom ni los discursos presidenciales. ¿Cuántas veces hemos visto a la gente, en buses o tiendas de barrio, continuar con sus conversaciones cotidianas mientras Rafael Correa se desgañita en su monólogo sabatino desde el receptor de radio más cercano, aunque al día siguiente los cómputos oficiales hablen de los cientos de miles de personas que recibieron el mensaje? O sea que no, tampoco son las sabatinas con sus interminables explicaciones aburridoras e ininteligibles. Sin embargo, los picos de atención que se producen en ellas proporcionan una pista. Por ejemplo: el Presidente puede dedicar cinco minutos a explicar la teoría de las políticas contracíclicas en la economía sin captar propiamente el interés de las masas ni transmitirles un conocimiento siquiera sumario del asunto. Sólo cuando remate diciendo que el gasto público no se reducirá aunque los sufridores se sigan oponiendo y la prensa corrupta lo critique, sólo entonces habrá establecido un punto: la idea global será comprada aunque no entendida por las masas. Las palabras clave de esta transacción emocional son “sufridores” y “prensa corrupta”, y en torno a ellas se explayará Correa multiplicando gestos de desdén y fingidas sonrisas de autosuficiencia.

La propaganda más potente y eficaz no es aquella que pueda captarse mediante el pensamiento consciente. “El correísmo se introduce más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que impone repitiéndolas millones de veces y que son adoptadas de forma mecánica e inconsciente”. Esta cita, así como las ideas generales del párrafo anterior y algunas de las que siguen, han sido tomadas del estudio que sobre el lenguaje del Tercer Reich escribió el filólogo Víctor Klemperer en forma de diario urgente entre los años 1933 y 1945. Basta con sustituir la palabra “nazismo” por “correísmo” para que gran parte de este libro resulte perfectamente aplicable a la realidad ecuatoriana actual, así está la cosa.

La expresión “prensa corrupta” ha sido repetida tantas veces y en tantos contextos diferentes durante ocho años de propaganda correísta que ha pasado a formar parte del vocabulario cotidiano de los ecuatorianos y se utiliza con naturalidad para designar a los medios de comunicación que no están controlados por el Gobierno. Su uso es a tal punto inconsciente que la expresión ha sido adoptada incluso por los mismos individuos a quienes alude y, en consecuencia, debieran rechazarla: los periodistas que trabajan en esos medios. Hoy en el Ecuador no resulta nada raro ni especial que un periodista de El Comercio o El Universo, por citar sólo dos ejemplos al azar, al ser interrogado sobre su lugar de trabajo responda: “en la prensa corrupta”. Y si, como decía Schiller, “el lenguaje piensa por ti”, y no sólo que piensa por el hablante sino que guía sus emociones y dirige su personalidad síquica, tanto más cuanto mayores sean la naturalidad y la inconsciencia con que se entrega a él, entonces habrá que inventarse un nuevo diccionario para ver si nos vamos entendiendo. Ese diccionario deberá contener todas las posibles acepciones que se esconden tras cada nuevo término y son transmitidas por el hablante aun sin quererlo. No estaría de más incluir ciertas explicaciones etimológicas.

La palabra “sufridor”, por ejemplo, en el sentido en que la utiliza el correísmo, proviene del argot deportivo. Es, de hecho, una palabra barcelonista, y no es extraño que un Presidente preocupado por hablar “mirándole la boca al pueblo”, como recomendaba Goebbels, derive su vocabulario de ese ámbito, así como Goebbels derivó del boxeo buena parte del suyo. En tiempos en que los dos subcampeonatos logrados por el equipo del astillero en la Copa Libertadores eran los logros más importantes de un club ecuatoriano en el extranjero, los barcelonistas usaban esa palabra para referirse a los hinchas de todos los demás equipos que enrojecían de la envidia ante lo inalcanzable. Trasladada por el correísmo a la escena política, la palabra “sufridor” adquiere nuevos significados: no sólo alude al envidioso (al que envidia los logros del Gobierno, se entiende) sino al crítico. Cualquier crítica dirigida contra el Gobierno sólo puede provenir del sufrimiento de personas incapaces de comulgar con la espontánea alegría del pueblo llano, que toma las cosas como le son dadas sin hacerse cuestionamientos inútiles e innecesarios. Cualquier crítica no viene sino a complicar las cosas y el pueblo nunca se complica. Complicarse es sufrir de gana. El sufridor, por tanto, es un ente ajeno al pueblo cuyas complicadas elucubraciones amenazan con empañar su felicidad.

Comoquiera que las expresiones “sufridor”, “prensa corrupta” y otras de profunda y antigua raigambre popular como “tirapiedras” se utilizan para justificar la deslegitimación civil, la exclusión política y el asesinato simbólico de aquellos a quienes se las aplica, resulta evidente que nos encontramos en un contexto de cruda violencia disimulada. Que términos tan burlescos, triviales y populares se utilicen en relación con hechos tan crueles y de tan graves consecuencias revela hasta qué punto esos hechos se han vuelto banalmente cotidianos. Y esto, como tantas otras cosas propias del correísmo, es facho a más no poder.

Las personas echan mano de esas expresiones porque son tópicos y los tópicos facilitan la comunicación. Pero también los tópicos, las muletillas, terminan apoderándose de los hablantes. “De este modo –dice Klemperer– corrompe uno su oído, su capacidad de registrar”. Y de pensar la realidad. Que esas palabras sean reproducidas por fanáticos militantes o trolls como Tripamishqui y otros descerebrados resulta de lo más normal. El problema es que las escuchamos también en el habla cotidiana de intelectuales y académicos, de quienes cabe esperar una mayor sensibilidad frente al lenguaje y una capacidad más refinada para procesar conceptos.

Para los intelectuales, en realidad, el lenguaje correísta tiene reservado un estilo diferente. Un estilo que no se escribe “mirándole la boca al pueblo” y que no debe necesariamente ser entendido por él, sino que pretende dar coba a hombres cultos que aspiran a distinguirse de las masas. Correa, que se precia de ser un académico y se fascina con los doctorados honoris causa que su aparato le palanquea alrededor del mundo, cultiva indiferentemente uno y otro estilo, el culto y el popular. Pasa con naturalidad de hablar de caretucos, sufridores y tirapiedras a explicar los procesos históricos de la restauración conservadora. Acuña categorías sociales que después son desarrolladas por un ejército de académicos empeñados en justificar sus políticas.

En eso también Correa se parece a Goebbels, quien aparte de hablar en argot pugilístico insistía en ser llamado “El Doctor” y era pródigo en elucubraciones filosóficas. Las palabras con que Klemperer describe las sensaciones que produce un discurso de Goebbels son aplicables a cualquier sabatina con sólo cambiar la palabra “berlinesa” por “guayaca”: “saltos bruscos y antitéticos entre lo erudito y lo ‘proleta’, entre el tono sobrio y el de predicador, entre lo frío y racional y el sentimentalismo de la lágrima viril y contenida, entre la vulgaridad guayaca o la simplicidad y el patetismo del profeta y soldado de Dios. Es como la sensación que se siente en la piel cuando se va alternando entre ducha de agua fría y ducha de agua caliente: el efecto físico es el mismo. El sentimiento del oyente no se sosiega nunca, es continuamente atraído y repelido, atraído y repelido, y la mente crítica no tiene tiempo para tomarse un respiro”.

El estilo académico del correísmo es pródigo en categorías históricas y sociológicas al uso. “Estado de opinión”, concepto con el que se inició la guerra contra los medios cuando el país no terminaba de asumir la diferencia entre Estado de Derecho y Estado de Derechos, es uno de los que mejores réditos políticos le ha dejado. Invento inasible e impreciso, la categoría “Estado de opinión” fue tomada absolutamente en serio por medios como El Telégrafo, que dedicó numerosos artículos de gravedad sociológica a indagar en sus repercusiones, como si un Estado de opinión pudiera existir en algún lado y, si existiera, no fuera en realidad absolutamente deseable. El término de marras sirvió, entre otras cosas, para justificar el silenciamiento de varios periodistas, primero en la televisión. Por ejemplo, hizo posible la salida de Carlos Vera de Ecuavisa y convirtió en normal el hecho inaudito, solo posible en el Ecuador del correísmo, de que un periodista con más de 236 mil seguidores en Twitter no pueda conseguir trabajo porque ningún medio quiere contratarlo. ¿Cómo es posible que ningún medio quiera contratar a un periodista con tantos seguidores y tantos años de experiencia? Porque vivimos en un “Estado de opinión”.

Lo mismo que el estilo popular, el académico se sirve de numerosas expresiones que no necesariamente fueron inventadas por el correísmo pero que sólo con él adquieren el sentido político que las caracteriza. Una de las más socorridas es “Poderes fácticos”, es decir, el poder en los hechos: se aplica para caracterizar a un grupo de medios de comunicación atemorizados y a punto de quebrar, como si el poder “en los hechos” no consistiera en manejar el Ejército, la Policía y las cortes de Justicia sino en ser dueño de una imprenta.

La más reciente novedad, desde luego, es “Restauración conservadora”. Esta categoría de profundo contenido histórico explica cómo un Gobierno que ha permitido a las familias más ricas del país (Wright, Eljuri y otras) hacer algunos de los negocios más lucrativos de sus vidas, un Gobierno que está controlando a los movimientos sociales por decreto y limita los derechos reproductivos de las mujeres, un Gobierno en el cual se están forjando las fortunas que gobernarán al Ecuador en el siglo XXI del mismo modo como en el Velasquismo se forjaron las que lo gobernaron en el siglo XX, ese Gobierno, está siendo acosado, por ejemplo, por jóvenes ecologistas que se oponen a la explotación de petróleo en la selva amazónica, o comunidades indígenas que no quieren tener a las compañías mineras operando en sus territorios y que representan el regreso de la derecha infame a la escena política de la cual había sido desterrada.

Estado de opinión, poderes fácticos, restauración conservadora… Categorías huecas, eufemísticas, cínicas, recubiertas con un barniz académico lo suficientemente vistoso como para engatusar a los intelectuales orgánicos del correísmo, quienes no parecen sorprendidos de verlas en su forma definitiva recorrer el camino inverso al esperado, el mismo camino que categorías aun más huecas, eufemísticas y cínicas seguían en la Alemania de Hitler y Goebbels: del Gobierno (donde se originan) a la academia (y no al revés) y de ahí a las masas. Intelectuales orgánicos que reciben las ideas del Estado, en lugar de dárselas, y con esas ideas hacen lo que se espera de ellos: propaganda.

(“LTI, La lengua del Tercer Reich: apuntes de un filólogo”, de Víctor Klemperer, fue traducido al español por Adan Kovacsics y publicado por Editorial Minúscula de Barcelona en el año 2007).

Anuncios

5 comentarios en “La ducha escocesa de Goebbels y Correa

  1. Suscribo el articulo en su totalidad pero introduciendo un par de incisos: primero, que la misma técnica goebbeliana que usa el gobierno, la usa la oposición, aunque a menor escala, por obvias restricciones. Podemos observar que ante el término “sufridor” se responde con “borrego”. Segundo, que un poder fáctico no solo debe ser considerado por su etimología (poder de los hechos) sino por que su verdadero poder radica en que no ha sido elegido por nadie. De ahí la importancia de una prensa libre sin intromisiones ni injerencias del estado en la redacción de sus editoriales.

    Me gusta

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s