Como la paja del páramo…

Para el correísmo, que a lo largo de estos años se ha servido de cualquier fanfarronería con el fin de revestirse a sí mismo de aliento legendario y calzarse las botas de la historia con mayúsculas, la inauguración de la nueva sede de Unasur con la presencia de una decena de presidentes sudamericanos sólo podía ser lo que fue: una orgía de superlativos. Rafael Correa fue arrebatado por el frenesí de la apoteosis histórica y elevó su espíritu hasta las regiones trascendentales donde el rumor de las generaciones lo contemplan. Su discurso no dio respiro.

El carísimo edificio de Unasur “se alza hacia los cielos como la libertad” y exhibe, a falta de otros méritos arquitectónicos, el volado más largo del continente (tenía que ser “lo más” en cualquier cosa), como brújula que señala hacia “el sur, nuestro norte”. Sus cimientos son “sólidos porque están construidos desde la Historia” y su inauguración es una fiesta para los pueblos de “esta América morena”, “pueblos fraternos en la batalla de la rebeldía y la auténtica libertad”, “rodeados por océanos, espejos de agua en los que se verán reflejados sus sueños, tan altos como estos Andes”; pueblos que, siguiendo el ejemplo de Simón Bolívar, “aquel gigante que miraba en siglos y pensaba en continentes”, sellaron “definitivamente” su “compromiso ineludible con la historia” y avizoran “un mañana lleno de esperanzas” porque “crecerá de la semilla fértil que fue sembrada en este, nuestro presente”. Porque “somos todas las voces todas”. “Somos como la paja de páramo” y de paja de páramo llenaremos el mundo (fórmula clásica con la que el correísmo de hoy y la cabezonería ecuatoriana de tiempos de la guerra fría han expresado sus intenciones de convertir el planeta en un erial, o lo que es lo mismo, “alcanzar nuestra segunda y verdadera independencia”). “Y si la naturaleza se opone, como decía Simón Bolívar, lucharemos contra ella”, remató Correa, que ya ha empezado a hacerlo.

En dos palabras: el delirio. Un éxtasis que el finado Néstor Kirchner, con cuyo nombre fue bautizada la nueva sede, sólo sentía ante la contemplación de las cajas fuertes.

Tan escasa moderación en el uso de los superlativos no es gratuita. No sólo porque el superlativo es la fórmula propagandística por excelencia, que mejores resultados proporciona en tanto mayor sea su acumulación en el discurso, sino también y sobre todo porque su repetición extendida nos pone en contacto con el principio de la totalidad. Y la totalidad nos introduce al ámbito de la religión. De ahí que palabras como “eterno”, “eternidad”, “imperecedero” y otras del mismo tenor abunden como arroz en el discurso correísta. Porque uno de los rasgos más patéticos del correísmo es su pretensión de convertirse en una fe: la fe de la historia.

Curiosamente son los intelectuales del correísmo quienes con mayor frecuencia apuntalan estas ínfulas. ¿Cuántas veces no hemos leído, en artículos de gente como Fánder Falconí u Orlando Pérez, expresiones del tipo “la derecha aún no ha sido completamente derrotada en la región”? Intelectuales orgánicos herederos del cientificismo marxista al fin y al cabo, creen sinceramente que algún día, pronto, la derecha será completamente derrotada, anulada, extirpada del continente. Porque ese es el rumbo inexorable de la historia, rumbo que sólo ellos conocen y saben interpretar porque son revolucionarios. Creer que la historia tiene un sentido y que hay en el mundo quien es capaz de descifrarlo no es una estupidez: son dos.

A tamaña estupidez, tamaños superlativos. El problema para quienes ejercen este tipo de discurso (problema para ellos y fortuna para quienes tienen que soportarlos) es que no puede durar mucho tiempo. Como decía el filólogo Víctor Klemperer en su estudio sobre el lenguaje nazi que no nos cansaremos de citar en este blog: “Necesariamente, el superlativo lleva implícita esta maldición en todas la lenguas. La exageración continua implica en todas partes, forzosamente, intensificar la exageración, y la consecuencia necesaria es el embotamiento, el escepticismo y la incredulidad definitiva”. En resumen: los superlativos se gastan. Y algún día, cuando los arrebatos históricos y trascendentes del discurso correísta se hayan sedimentando en la conciencia de sus oyentes, alguien desempolvará el discurso pronunciado por Rafael Correa en la inauguración de la nueva sede de Unasur, ese discurso que insufló su espíritu de legítimo orgullo continental y bolivariano, y al leerlo nos sorprenderemos de cómo pudo alguna vez un presidente ecuatoriano ser capaz de hablar tanta cantidad de paja.

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