Mera, Glas, los Alvarado y otros gallinazos

Cada que lo entrevistan, el sinuoso secretario jurídico de la Presidencia, Alexis Mera, se preocupa por dejar sentado que es un tipo de izquierda. Lo dice a ritmo de siete veces por minuto, insistencia sospechosa que hace más cómicos sus intentos para cualquiera que conozca su pasado febrescorderista y su presente de funcionario presionador de jueces y persecutor de causas populares. Pero así pinta la realidad en tiempos correístas: Alexis Mera, de izquierda. ¿Qué tal? Su caso ni siquiera es el único ni el más extremo: su rutina de justificación política es común para personajes como él, de más o menos incierto pasado ideológico, que hoy se inscriben en las filas del marxismo leninismo como quien se apunta a un bombardeo. Jorge Glas, los hermanos Alvarado, Richard Espinosa, Marcela Aguiñaga… Todos de izquierda. Y los compañeros de ruta que al interior del régimen insisten todavía en levantar la tesis de la “revolución en disputa”; los que se quedaron de un pieza el día aquel en el estadio del Aucas, cuando Rafael Correa presentó a Jorge Glas como su candidato a la vicepresidencia; los viejos camaradas que continúan convencidos de que las fuerzas progresistas y reaccionarias del correísmo mantienen un enfrentamiento histórico del que dependerá el rumbo que se imprima a la revolución… ¿no va siendo hora de que abran los ojos? ¡Aquí no hay disputa alguna, este es un régimen de izquierda! Ahí están Vinicio y Fernando Alvarado para demostrarlo. Ahí están Glas, Alexis Mera, con la batuta del Gobierno en la mano. ¿No son de izquierda todos ellos?

Estamos, claro, ante una farsa gigantesca. La verdad es que no hay diccionario de ciencia política que sea capaz de sobrevivir a ocho años de correísmo bien mandados. Uno de los efectos más perniciosos del estado de propaganda reside en su capacidad para corromper el lenguaje, y las primeras víctimas de este proceso corruptor son las palabras que solían servir para orientarnos en el campo de las definiciones políticas. El correísmo se apropió de ellas y las resignificó en los contextos más inauditos que imaginarse quepa. En un futuro cercano, cuando esto haya terminado, una de las tareas que con mayor urgencia deberemos acometer los ecuatorianos, junto con la recuperación de una justicia independiente y la desactivación del aparato de persecución de la información no alineada, será la tarea de reconstruir el sentido de las palabras.

Jorge Glas y Alexis Mera son de izquierda. ¿No debería bastar ese hecho para desconfiar de la palabra izquierda? Y no es que ser de izquierda en sí ya no signifique nada. Puede que incluso, para mucha gente que se ha identificado honestamente durante toda su vida con esa corriente ideológica, resguardar el significado de la palabra izquierda sea una cuestión de vida o muerte. Pero esa será una lucha personal. El hecho es que, dadas las circunstancias y mientras Alexis Mera continúe siendo de izquierda, la palabra izquierda será, lo mismo que su némesis, la derecha, una palabra inútil. Ninguna de las dos nos sirve para entender lo que ocurre en el Ecuador y cualquier intento de recuperarlas como categorías de análisis político deberá obligatoriamente pasar por un proceso de resignificación y recontextualización que las condiciones del debate público en el Ecuador simplemente no permiten. Para ello habrá que esperar a que todo esto haya terminado. Cualquier intento honesto por repensar la definición de izquierda a la luz de la contemporaneidad (algo parecido a lo que esbozó Jean Daniel en las páginas de Le Nouvel Observateur)  es impracticable en el Ecuador por una razón desgarradora y sencilla: el uso público de ese concepto está marcado por la deshonestidad intelectual más crasa, sello indeleble de cuanto toca el correísmo. Rafael Correa lo logró: asesinó a la izquierda. Los Mera, Glas, Alvarado y otros son los carroñeros que se disputan a dentelladas el cadáver purulento de la víctima. Es la única disputa pendiente al interior de esa farsa autodenominada revolución ciudadana: la disputa entre los buitres.

Quien debería estar pensando en estas cosas es la Academia. Pero la Academia, se sabe, desde que el correísmo se puso a repartir becas o emprendió con la construcción de obras emblemáticas como la biblioteca de la Flacso, no está en nada. Es una vergüenza. Así que la única intelectualidad que queda es la del propio correísmo, intelectualidad de tres al cuarto que lanza línea desde las páginas de los diarios oficiales. ¡Hay que ver lo en serio que se toma el concepto de izquierda, como si Alexis Mera no existiera! Tanto, que hasta invoca una sutil clasificación en cuya composición parece haber empeñado lo más vigoroso de sus facultades mentales: hay una izquierda infantil, que recoge los postulados de cualquier resistencia que se cruce por delante; hay una izquierda romántica, a la que le falta el pragmatismo necesario para entender los postulados del camarada Glas; hay una izquierda libertaria que, como su nombre lo indica, por oponerse al Estado termina haciéndole el juego al neoliberalismo; hay una izquierda liberal, formada por todos aquellos estúpidos que aún creen en la democracia y en los valores republicanos; hay, en fin, una “cierta izquierda” en la que caben alternativamente los rasgos de cualquiera de las anteriores. Frente a todas ellas, está la “izquierda verdadera”, la única que posee las claves de la historia: es la izquierda correísta, es decir, la de Alexis Mera y los hermanos Alvarado. ¡Qué orgullosos han de sentirse estos pensadores de diario oficialista con su clasificación histórica! ¡Y qué agradecidos debemos estar todos los ecuatorianos que, gracias a ellos, terminaremos acostumbrándonos a convivir con buitres! Después de todo, no queda de otra.

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5 comentarios en “Mera, Glas, los Alvarado y otros gallinazos

  1. El lenguaje es el límite de nuestra realidad y para lograr un proceso revolucionario es por las palabras que se debe iniciar. Eso lo sabían pensadores como Ernesto Laclau y lo aplicaron los creadores de Alianza País (el término ciudadanía en lugar de pueblo, por ejemplo). Puesto que las palabras se desgastan o no abarcan lo que políticamente se plantea, un movimiento revolucionario busca la resignificación ideológica de ellas.

    Pero, una vez que la Revolución Ciudadana derivó en correísmo, la resignificación ideológica derivó en destrucción, tergiversación, violación, ralentización del significado, al punto de que se podría crear un nuevo diccionario risible y dramático de términos gobiernistas, como: ecologismo infantil, división de poderes, presidente…

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  2. Estimado Roberto, Leí su último artículo. Al respecto quisiera decirle que si bien es cierto buena parte de los académicos (y también de aquéllos que quieren darse tal connotación luego de apenas haber dictado algún curso en su vida) son parte del Correísmo de forma abierta o velada (por ocupar cargos o por ser beneficiarios de jugosas consultorías), no hay que desconocer que existe gente dentro de la Academia que es crítica y puso reparos al gobierno actual. Me refiero a quienes siempre estuvieron señalando las contradicciones del gobierno y no a aquéllos que surgieron como detractores de la “Revolución Ciudadana” luego de que en los primeros años fueron piezas clave para sedimentar lo que ahora vivimos. Me parece que esta puntualización es necesaria.

    Cordialmente, Santiago Basabe-Serrano. Profesor de FLACSO Ecuador

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