30-S: se desmorona el mito (al fin)

Cuando el presidente Rafael Correa se desplaza por la ciudad, lo hace en un vehículo todoterreno que avanza a toda madre por la vía exclusiva del trolebús o por calles que han sido previamente despejadas por los patrulleros en moto que le abren camino. Lleva ocho años en esas y ya no recuerda lo que significa quedarse retenido en un trancón. Retenido: impedido de salir o de moverse. Cuando esto haya terminado y no tenga más remedio que enfrentarse a la calle como cualquier mortal, conduciendo su propio carro en medio del tránsito, le volverá a pasar. Ojalá no vaya a acusar a nadie de secuestro.

Esta semana, en el caso 30-S (no el que el fiscal Galo Chiriboga cree resuelto sino el que el correísmo mantiene pendiente con la historia), Rafael Correa llamó a un nuevo testigo a declarar: la Real Academia Española de la Lengua. Con su ilustre autoridad trata de refutar las palabras del ex jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, el general en retiro Ernesto González, quien acaba de presentar su libro de memorias. El militar asegura que aquel 30 de septiembre de 2010 Rafael Correa no fue secuestrado sino que estaba retenido en el hospital de la Policía. Algo debe entender él de todo esto pues fue la persona que lo sacó de ahí, es decir, dirigió el operativo militar que lo hizo. Pero no: Correa cree que más autoridad tiene el diccionario, donde claramente se lee que “retención” y “secuestro” vienen a ser más o menos lo mismo. Secuestro: retención indebida de alguien para exigir un rescate. Resulta sospechoso que un régimen especializado en manipular el sentido de las palabras a su antojo invoque ahora la semántica para desmentir las declaraciones de un personaje que, independientemente de su mayor o menor dominio del idioma, se caracteriza por hablar de forma directa y clara. “Mirando a los ojos” dice Diego Oquendo, que lo entrevistó.

“Yo diría que el presidente estuvo retenido, porque no estuvo secuestrado en el concepto total de la palabra”, respondió González a una pregunta de Oquendo. “En el concepto total de la palabra”, clarito está. Significa que todo secuestrado se encuentra retenido pero no todo retenido ha sido necesariamente secuestrado. Aun prescindiendo del diccionario es obvio que el general está estableciendo una diferencia entre una cosa y la otra y esa diferencia, no la definición académica de las palabras, es la que cuenta. Es lícito imaginar que esa diferencia radica en el hecho de que el Presidente no fue tomado por la fuerza y encerrado contra su voluntad y bajo vigilancia en esa habitación de hospital ni nada parecido. Al contrario: él fue por su propia iniciativa al cuartel donde los policías se habían insubordinado, contradiciendo las advertencias de los expertos en seguridad, y lo trataron mal; tuvo que salir; por determinación o capricho volvió a entrar y lo trataron peor; se sintió mal y se dirigió al hospital de la Policía, ahí a la vuelta; le dieron un cuarto donde permaneció bajo el resguardo de sus propios hombres y desde ahí se mantuvo en contacto con todo el mundo y gobernó el país; después no pudo salir, era peligroso; estaba retenido; pero siguió gobernando.

No es un asunto menor. Lo que el general González está cuestionando es una verdad revelada, un artículo de fe de la religión correísta que tiene en el 30 de septiembre uno de sus mitos fundacionales y cuyo martirologio requiere del patetismo iconográfico del Presidente secuestrado para surtir efecto.

El general González va aún más lejos, pues pone en duda el propio corazón del mito: la teoría del golpe de Estado. “No conozco que se haya preparado un golpe de Estado, porque un golpe de Estado hay que prepararlo”, atestigua ante otra pregunta de Diego Oquendo. Correa responde que el militar está pensando en los golpes clásicos del siglo pasado, y por eso no alcanza a entender las particularidades del “golpe blando”, propio del siglo XXI. No es el punto. El general es, otra vez, muy claro: “No conozco que se haya preparado”. El hecho es que un golpe de Estado, sea duro o sea blando, transgénico u orgánico, light o super heavy duty, requiere de preparativos, es decir, requiere de una conspiración. Y el entonces jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, uno de los hombres mejor informados del país, no vio ninguna. No la vio antes del 30 de septiembre, no la vio ese día y, por lo que se puede entender, sigue sin verla a pesar de todas las supuestas pruebas aportadas por la Fiscalía para demostrarlo.

Retención, sinónimo de secuestro. Golpe duro versus golpe blando. El aparato de propaganda seguirá catequizando a sus fieles con los artículos de fe del 30-S y seguirá condenando a los infiernos a Diego Oquendo por el imperdonable pecado de hacer preguntas incómodas para el Gobierno. Resulta patético el espectáculo de un Presidente que se refugia en la semántica y se niega a procesar mensajes políticos. ¿Se fijó que el libro del general González fue presentado en la sede de la Asociación de Generales y Almirantes del Círculo Militar de Quito? ¿Se puso a pensar que ese solo hecho evidencia un tácito respaldo de la oficialidad a un compañero de armas? ¿Le contaron que los asistentes, entre los que se contaban algunos de los generales más influyentes de la República, interrumpieron con sus aplausos cada muestra de descontento con la autoridad civil expresada durante el acto de lanzamiento, empezando por la incomodidad que les producen las nuevas funciones adjudicadas a las Fuerzas Armadas en las reformas constitucionales? ¿Dónde está su respuesta política a estos mensajes? ¿En el diccionario de la Real Academia? La versión oficial de los hechos del 30-S acaba de ser desmentida por uno de sus protagonistas y eso, si se lee bien, no puede ser gratuito ni resultar inocuo.

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