Otros mudos

Christoph Baumann da lecciones de ciudadanía. Uno de los actores más queridos del país es también el más radical en su sentido de independencia. ¿Puede un comediante permanecer indiferente cuando el Estado, a través de su aparato de control de la comunicación y por boca del propio Presidente de la República, deslegitima el humorismo como forma de expresar posiciones políticas y procesar conflictos sociales? Baumann cree que no. Muchos concuerdan pero guardan silencio. Él habla. Nunca se niega a una entrevista y, cuando la da, no elude los temas que otros de su oficio prefieren no tocar: “El Gobierno ya ha logrado callar a gran parte de la prensa –dijo esta semana a diario La Hora, el único que le queda a la ciudad de Quito tras el cierre de Hoy y la compra de El Comercio– pero no ha podido afectar lo que pasa en las redes sociales”. Y refiriéndose a la arremetida del Presidente contra la página humorística Crudo Ecuador: “Estas son amenazas para que las personas dejen de ridiculizar lo ridiculizable y de criticar lo criticable. La gente debe tener derecho de reírse públicamente de una persona que ha decidido ser pública. Si no, no debería haberse hecho pública”.

¿Qué arriesga Christoph Baumann al expresar esta postura? Básicamente, se arriesga a perder el tren de las oportunidades laborales. A lo largo de estos años el estado de propaganda ha funcionado como una exitosa agencia de empleo de artistas, especialmente escénicos, en todo el territorio nacional. Los artistas han aprendido que la conformidad puede abrir puertas: contratos, viáticos, fondos para la producción, ferias, festivales… Oportunidades que pocos están dispuestos a perderse. Esta perversa relación entre los artistas y el Estado ha dejado para la posteridad imágenes grotescas: ver a algunos de los rockeros supuestamente más contestatarios y más desenfadados de la escena independiente ecuatoriana posando para la foto junto al ministro de la Seguridad y al comandante general de la Policía fue uno de esos espectáculos inolvidables. Ocurrió en enero de 2012, con ocasión de la firma de un contrato para la grabación de un disco y la producción de una gira de conciertos en apoyo a las labores policiales. Fuerte, ¿no? Y de esos casos hay decenas.

Luego, esos mismos artistas y otros más, incluidos algunos de los mejores del país en sus respectivas especialidades, aparecieron cantando alabanzas al Gobierno (o casi) en las cadenas nacionales que la Secretaría de Comunicación produjo para celebrar la aprobación en la Asamblea de la ley de comunicación. Cierto es que varios artículos de esa ley los benefician directamente (la protección de la publicidad nacional, la obligación de programar música ecuatoriana impuesta a las radios, etc.) pero, ¿y lo demás? ¿Les parece bien a esos artistas la creación por parte del Estado de todo un aparato institucional para intervenir y controlar el debate público? ¿Encuentran razonable que los medios de comunicación, con esa ley de por medio, se hayan convertido en empresas inviables que terminan cerrándose o vendiéndose a emporios extranjeros? ¿Que algunos de los mejores periodistas del país estén en el desempleo? ¿Les basta a esos artistas con un poco de seguridad económica para apoyar una ley y, con ella, una política que han hecho que todo esto sea posible? ¿O es que no tienen ninguna opinión al respecto? ¿Es ese su nivel de conciencia ciudadana? ¿Piensan que la libertad de expresión no tiene nada que ver con su arte? Si es así, es poco lo que se puede esperar de ese arte.

Uno de los peores males del Ecuador, que el correísmo no sólo no cambió sino que parece haber acentuado, tiene que ver precisamente con esa indiferencia de los ciudadanos ante la cosa pública. Es esa indiferencia lo que hace posibles tantos atropellos del poder. Es como si los ecuatorianos pensáramos que, mientras nadie se meta en nuestro metro cuadrado, es mejor no reaccionar ni pronunciar palabra. Sólo cuando nuestro metro cuadrado ha sido invadido ponemos el grito en el cielo y reclamamos la solidaridad y la comprensión de todos. Un ejemplo de esto lo dieron los trabajadores de las empresas de telefonía celular. ¿Alguien los escuchó alguna vez decir ni pío? Nadie, hasta que el Gobierno se metió con sus utilidades. Entonces salieron a marchar, interrumpieron el tránsito en las avenidas reclamando nuestra atención y nuestra simpatía, exigieron ser recibidos en los noticieros y expusieron su caso como un problema de dimensión nacional. Luego volvieron a su habitual silencio.

Siendo así, la pregunta de fondo que nos concierne aquí es la siguiente: ¿se puede esperar de los artistas algo diferente de lo que se espera de los burócratas de las empresas privadas? ¿Les basta también a ellos con tener bien atendido su metro cuadrado de comodidad y de intereses, su contratito mensual, su chequecito del ministerio de Cultura para grabar un disco, su pasaje de avión y sus viáticos para asistir al festival X o a la bienal Z? ¿Con eso se arregla todo y el país marcha sobre ruedas?

El viejo poema del pastor luterano Martin Niemöller es un lugar común tan repetido que da hasta pereza citarlo de nuevo. Pero toca: “primero vinieron a buscar a los comunistas y guardé silencio porque yo no era comunista”. Pues bien: el Estado ya cayó encima de los periodistas y los artistas guardaron silencio. Ahora ha venido a buscar a los humoristas. ¿Qué van a hacer? Por supuesto que hablar de “los artistas” puede ser una generalización grosera. Christoph Baumann no es el único que reacciona, aunque sí el más frentero. Él y otros pocos hace rato renunciaron a las oportunidades laborales que comprometen su independencia. Pero lo cierto es que actitudes como la suya son una excepción. Lo cierto es que voces como la suya están clamando en el desierto. Lo cierto es que el Ecuador se encuentra sumido en un doble, imponente, ensordecedor silencio: el de sus intelectuales (entre los cuales también hay brillantes excepciones) y el de sus artistas. Y sin ellos el margen que queda para el resto resulta más bien estrecho.


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