No hay retorno

Consideremos el método d’Hondt, aquel sistema de repartición de escaños parlamentarios que perjudica la representación política de las minorías. El correísmo lo aplicó en las últimas elecciones para la Asamblea con resultados contundentes. En Azuay, por ejemplo, donde más del cuarenta por ciento del electorado no votó por ellos, los correístas se alzaron con la totalidad de los escaños, lo cual significa que casi la mitad de la población de esa provincia no tiene representación en el sistema político ecuatoriano.

Consideremos también el bloqueo a las iniciativas ciudadanas de consulta popular. Ha habido varias (por la explotación petrolera en el Yasuní, por la reelección inmediata, por las reformas a la Constitución) y todas se han estrellado contra el cicatero laberinto tramitológico que se teje entre el Consejo Nacional Electoral y la Corte Constitucional, minado de trampas de dudosa legalidad, donde la voluntad de los ciudadanos expresada en sus firmas vale menos que el tamaño del papel en que firmaron.

Consideremos el funcionamiento de un sistema judicial cuyos magistrados reciben instrucciones escritas de la secretaría jurídica de la presidencia para que se abstengan de fallar en contra del gobierno. Y donde el Consejo de la Judicatura vigila y castiga a los jueces que le resultan políticamente inconvenientes, con la consecuente pérdida de garantías para los ciudadanos. Un sistema judicial ante el cual la máxima aspiración de una persona que reclama por sus derechos es agotar rápidamente todas las instancias (donde sabe de antemano que perderá) para acudir a cortes internacionales.

A todo eso añadamos el decreto presidencial que prohíbe toda actividad política a las organizaciones de la sociedad civil.

Y la persecución a los dirigentes sociales, a quienes se acusa de rebelión, sabotaje, terrorismo y otros delitos desproporcionados.

Podríamos seguir al infinito: el acoso a los medios de comunicación que el gobierno no maneja, con un aparato de control y censura que no sólo castiga hasta a sus caricaturas sino que ha llegado al extremo de obligarlos a publicar mentiras; la imposición de un discurso único que vuelve impracticable cualquier debate y ha convertido la esfera pública en un desierto; la descalificación de cualquier forma de disidencia; el insulto, la burla, el escarnio público, los desplantes, la superioridad moral, la prepotencia, ese afán de reprender y dar lecciones… Podríamos seguir y seguir.

Cuando los ciudadanos críticos son tratados de esa forma, cuando se les ha dejado sin representación política, cuando no pueden confiar en la justicia ni en las instituciones del Estado, cuando no pueden asociarse libremente, cuando se les mete miedo, cuando se les insulta y menosprecia, cuando se ofende a su inteligencia con propaganda estúpida, cuando no encuentran canales de expresión y de debate, ¿qué les queda? Demasiado bien sabemos la respuesta: sólo les queda la calle. Como un caldero al cual su maquinista ha taponado una tras otra todas las válvulas de escape de vapor, la ciudadanía crítica tratada de esa forma, tarde o temprano, explota.

Eso es lo que ha ocurrido esta semana: explotó la gente. Y ahora, después de haber tapado todas las válvulas que hubieran permitido canalizar el descontento en términos democráticos, venir a decir que ese estallido es el resultado de “una conspiración en marcha” es no entender nada de nada. Es un gesto de soberbia y deshonestidad intelectual fruto de un alma miserable. Es un desatino, una irresponsabilidad y una falta de respeto. Otra.

Explotó la gente y no hay retorno. Así que sigan no más.

Sigan no más metiendo miedo con listas de conspiradores, presionando a los canales independientes de la televisión, acusándolos de empujar a los ciudadanos a las calles como si los ciudadanos precisaran de quien los empuje aparte de la propia prepotencia del gobierno; sigan no más dejando entrever juicios y persecuciones, amenazando, amedrentando, mandando infiltrados con camaritas a las manifestaciones, sigan no más: la gente ya explotó y no hay retorno.

Sigan no más llenando buses en las parroquias, repartiendo sánduches con jugo, trayendo militantes de la Costa para mantener viva la ilusión de que son más, muchísimos más; sigan no más azuzando la violencia con su ejército de lúmpenes malencarados, tipos provocadores, gente jodida que en las primeras filas de las concentraciones amenaza, insulta, grita e intimida, muestra palos, lanza botellas; sigan no más, después de eso, acusando de violentos a los otros, como si no supieran, como si años atrás no hubieran formado parte de las mismas multitudes indefensas, rientes y pacíficas de clase media que fueron capaces de tumbar a un presidente sin romper un vidrio; sigan no más.

Sigan no más movilizando a los empleados públicos a costa de nuestra plata y “por disposición directa de la presidencia” para todos los ministerios, que son hartos; sigan no más obligándolos a respaldar al correísmo, “independientemente de la posición política que cada uno tenga”, como dice aquel director departamental de la Agencia de Regulación y Control Hidrocarburífero cuyas palabras fueron grabadas y difundidas por las redes sociales este miércoles; sigan no más tomándoles lista; sigan no más lanzando cálculos de cuántos burócratas caben en los buses, haciéndose la ilusión de que pondrán “al menos 15 mil” en la tribuna para después comprobar que hasta sus propios empleados perdieron el miedo a las retaliaciones; sigan no más.

Sigan no másmanifestación 10 jun. 15, estrategia AP jugando al pueril jueguito de a-ver-quién-se-queda-con-la-tribuna-de-la-Shyris, trazando estrategias insulsas de niño que juega con soldaditos de plomo, poniendo banderitas en los mapas ridículos que trazan y que también terminan filtrándose en las redes, mandando –como el jueves– a centenares de policías antimotines a sentarse en los graderíos para que nadie más se apropie de ellos. ¿Acaso es la tribuna de la Shyris el alcázar de Toledo de la revolución ciudadana? ¿Encuentran lo suficientemente heroicas las jornadas de tiempo perdido y plata de todos gastada en mantener su posesión y su defensa? ¿Se lo contarán a sus nietos? Sigan no más, quédense con ella.

Sigan no más poniendo diques a la información y a las comunicaciones, repartiendo inhibidores de telefonía celular en la avenida de los Shyris para disminuir la multiplicación geométrica de las convocatorias, dificultando la emisión de señales de la televisión independiente. Pueden incluso presionar a una empresa como Skyview, cuyos drones grabaron en video, la tarde y noche del miércoles, la aplastante superioridad numérica de la manifestación opositora sobre la escuálida marcha correísta, aunque después retiraron esas imágenes de su cuenta de Facebook con el argumento de que “no es una página política”.

Sigan no más y reculen cuanto quieran. Reformen a última hora y en reuniones nerviosas el proyecto de la ley de impuestos sobre las herencias, que fue la gota que desató el estallido de la gente. Eliminen la tabla de herederos indirectos (aquella que establecía tasas de hasta 77,5%), archiven la ley completa si lo consideran necesario. Al fin y al cabo no se trata de eso. No sólo. ¿No fue por el nombramiento de la Pichicorte que se levantó el pueblo quiteño contra Lucio Gutiérrez hace diez años? ¿Y no se echó para atrás el coronel en ese punto? ¿Y de qué le sirvió? Rafael Correa y la mayoría de sus funcionarios lo saben perfectamente. Estuvieron ahí.

Así que sigan no más, la gente ya estalló. Ante eso no hay retorno. Y no lo hay porque el estallido de la multitud es una toma de conciencia. Es un “hasta aquí”. Y todo lo que atraviese esa frontera resulta una intrusión intolerable. Hasta ayer la multitud callaba. Hoy grita. En lugar de autoconvencerse con estúpidas teorías conspirativas que nunca, nunca tienen asidero en la realidad, los correístas debieran leer, si su ceguera no lo impide, El hombre rebelde, de Albert Camus. Entenderían así el enorme poder afirmativo de ese “hasta aquí”, su poderosa fuerza moral y, sobre todo, su carácter definitivo e irreversible. Quien ya estuvo ahí lo sabe, lo siente: no hay retorno. Por eso, esta semana marca un antes y un después en la historia del gobierno correísta, es el momento político más importante de los últimos años y, por su misma condición, el más peligroso. ¿Cómo responderá el presidente? ¿Con la generosidad que se espera de alguien en su posición? ¿O encargará a su secretario de Acción Política, Óscar Bonilla, la solución del problema callejero con la movilización del lumpen proletariado?

El jueves 11 de junio no hubo convocatoria para manifestarse contra el gobierno en la avenida de los Shyris. El debut de la selección del Ecuador en la Copa América desalentó cualquier intención al respecto. Sin embargo ahí estaban, junto al doble cordón de policías que ya forma parte del mobiliario del lugar después de las cinco de la tarde. Eran muchos menos que el día anterior (acaso no llegaban a mil) pero igual de bulliciosos. Al otro lado del cinturón de seguridad, las fuerzas de choque correístas agitaban sus banderas y, atrás de ellas, no más de trescientas personas, en el más sepulcral de los silencios, seguían las incidencias del fútbol en una pantalla gigante de alta definición colocada en la sede del movimiento. La tribuna, vacía, había sido cubierta por una gigantesca bandera del Ecuador que, más que disimular, hacía evidente el fracaso de la convocatoria. Entre los corrillos de militantes mezclados con curiosos, Óscar Bonilla se paseaba con la sonrisa bobalicona de quien no tiene la menor idea de lo que está ocurriendo. Aparentemente le basta con conservar la tribuna, aunque sea vacía, para sentirse realizado. Qué peligro.

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10 comentarios en “No hay retorno

  1. Sus valerosas palabras nos inspiran para enfrentar la tiranía, a pesar del miedo que pretenden infundirnos desde el poder. No hay retorno Roberto, que sepan que los vamos a enfrentar, que nuestras frentes ya se irguieron y no se van a volver as agachar nuestras cabezas.

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  2. Roberto, en serio admiro lo brillante de cada uno de sus artículos.Leerlo siempre es aprender, es entender y despertar. Me gradué de periodista el año pasado, lo leo desde hace tiempo y es el único periodista ecuatoriano al que de verdad admiro. Ahora sé que lo quieren enjuiciar, no está solo.
    Un abrazo.

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  3. Pingback: No hay retorno
  4. Contudente análisis de Roberto Aguilar.Gracias por su enfoque crítico,
    Sin pensar en las veleidades de “Maduro”, y tratando de ignorar el “verde” de Alianza País, que ya se decoloró por el paso del tiempo, quiero compartir un tema popular, que se ajusta al momento incierto que vive el correísmo, cuya larga presencia en Carondelet ya le resulta insoportable al pueblo ecuatoriano:
    “ ¡Yo soy el varon!
    plátano maduro no vuelve a verde
    y el tiempo que se va no vuelve.”
    Sí,es verdad, aunque hagan lo que hagan:!No hay retorno!

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  5. Si bien no fue la primera manifestacion de freno al poder, la Carta Magna, fue el primer registro de como se pusieron las cosas en su lugar, despues de años de desgobierno de los Plantagenet, que dilapidaban sin control y medida los recursos economicos y humanos de la isla de Inglaterra y posesiones continentales, hartos de ver a sus hijos morir en guerras inutiles como la Cruzadas, o de sucesion, acorralaron al rey Juan, y le dijeron: “cada uno de nosotros que somos igual a vos, y reunidos somos mas que vos, exigimos un trato igualitario, y respeto a nuestros derechos y bienes”; los nobles que esto hicieron, recibieron luego algo de su propia medicina, cuando sus siervos les plantearon la misma cuestion, asi resurgio la democracia en Occidente; ¡que no lo olviden el desgobernante actual, asi como los anteriores caciques que creen que su hora ha llegado!, a lo mejor si ha llegado su hora, pero la de rendir cuentas a los perjudicados de siempre, ¡no hay retorno!.

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