El Ecuador entre comillas

Bajo Rafael Correa vivimos una democracia entre comillas. Literalmente. Las palabras quedaron en suspenso, cambiaron de sentido y, a falta de otras, no pueden sino entrecomillarse. Cuando esto haya terminado recordaremos con asombro estos extraños tiempos en que “dictadura” se convirtió en un concepto amable, relacionado con el corazón y el buen rollito, y “derechos humanos” en uno sospechoso, asociado a golpistas y conspiradores.

Las comillas son el signo tipográfico de estos tiempos. Hay grandes cantidades de ellas en la propaganda, en los tuits de los altos funcionarios, en los discursos oficiales… Pero sobre todo las hallamos repartidas a manos llenas en la prensa gobiernista. ¿Ya leyeron El Telégrafo? Son tantas y tan disímiles las palabras entrecomilladas a diario en ese panfleto que, al leerlo, al recorrer sus supuestas informaciones, sus editoriales y sus artículos de opinión, uno se siente como caminando sobre un terreno quebradizo de significados inciertos.

Víctor Klemperer, el filólogo judío alemán que no sólo estudió sino que sufrió en carne propia las perversiones del lenguaje nazi, demostró que las comillas no son, ni mucho menos, inofensivas. En su libro La lengua del Tercer Reich les dedicó un capítulo entero. Se había acostumbrado a encontrarlas en los artículos semanales de Joseph Goebbels en la prensa oficial y aprendió a reconocerlas incluso en el lenguaje hablado. Cuando Hitler, en sus discursos, utilizaba términos que quería poner en duda pero para los cuales aún no tenía palabras sustitutas, hacía una inflexión de voz que equivalía al uso de comillas: los gobiernos de Inglaterra y Francia no eran democracias sino “democracias”; los pintores expresionistas que él calificaba como degenerados no eran artistas sino “artistas”; las voces que se oponían a la eugenesia de los discapacitados no eran humanistas sino “humanistas”.

Las comillas sirven para desmarcar niveles de lenguaje al interior de una oración. Niveles que provienen del cambio de la persona que habla, cuando se trata de una cita, o del sentido de lo que se dice, en el caso de las comillas irónicas. Las de Hitler, como las de El Telégrafo (y no es que queramos ponerlos en el mismo nivel, es que se ponen solitos), pertenecen a este grupo. En la mayoría de casos, las comillas irónicas retratan a la persona hablante mejor que al objeto del cual habla.

El periodismo, cuando se hace con conciencia de la realidad (no es el caso de El Telégrafo, cuya razón de ser no es la realidad sino la propaganda), evita las comillas irónicas. El periodismo sobreentiende que las cosas son o no son: un país es democrático o no lo es; un pintor es un artista o no lo es; un pensador es humanista o no lo es. Si lo es, se lo llama así sin adornos ni alardes; si no lo es, se lo llama de otra forma. Punto. No hay, en periodismo, países “democráticos” ni pensadores “humanistas”. No hay medios de comunicación “independientes” ni políticos que defienden “libertades”, como acostumbra a publicar El Telégrafo.

Llamar “artista” a un artista, “humanista” a un humanista o “independiente” a un medio de comunicación independiente (o no independiente, da lo mismo) implica todo un rodeo conceptual. Equivale a hacer un guiño poco claro al lector. Es apelar a una complicidad inexistente. Es como decirle: “artista”, usted entiende. “Artista” quiere decir que es un artista a medias o no lo es en absoluto, usted elige. Vamos a ver: ¿qué entiende usted por artista? ¿Para usted un artista es A, B y C? Pues entonces este “artista” es X, Y y Z. ¿O cree usted acaso que un artista es X, Y y Z? Pues entonces este “artista” es A, B y C. ¿Vio? Usted y yo nos entendemos.

Las comillas irónicas crean una complicidad falsa con el lector. Falsa porque está fundada en sobreentendidos, es decir, en figuras tácitas en lugar de en conceptos expresos. Las comillas irónicas son una forma de escudarse tras el lector, de atribuirle lo que no se tiene los arrestos o la capacidad intelectual para decir directamente. Son un abuso de confianza. Son una forma de dejar un concepto en suspenso a la espera de que lo llene cada quien como prefiera. Y asumir que, prefiera el lector lo que prefiera, estamos de acuerdo con él. ¿Puede haber algo más oportunista? ¿Puede haber algo más populista?

Esta manera de crear complicidades, dice Klemperer, es un atributo del discurso fascista y su efecto principal es el de escamotear la realidad, desaparecerla.

No es raro que, junto a las comillas irónicas, el lenguaje correísta practique otras formas de indeterminación. La palabra cierto, por ejemplo. Se habla (El Telégrafo lo hace a diario) de “cierta oposición”, “ciertos medios”, “ciertas dirigencias”. Es el equivalente adjetivado de las comillas irónicas: ya adjudicará el lector el significado que considere pertinente a las palabras “cierta oposición” y los contenidos del diario sabrán adaptarse de manera abierta a ese significado, sea cual fuere. Aplicadas al periodismo, las comillas irónicas son un extremo ejercicio de deshonestidad intelectual.

En un editorial reciente, el diario correísta hablaba de las posturas “ultraizquierdistas” (así, entre comillas) de ciertos grupos políticos. Lindísimo. ¿Qué significa? Que aquellos grupos que usted sabe tienen posturas políticas que no son lo que usted cree. Usted entiende. ¿No es este ejemplo una auténtica joya de rigor periodístico (rigurosidad, diría El Telégrafo)?

Por estas mismas fechas uno de sus columnistas más leídos escribía que la oposición ha elaborado “plataformas de lucha” en “defensa” de los pobres y también de algunos “herederos” preocupados por la “plusvalía”. O sea que la oposición propone lo que ya usted sabe para beneficiar a quienes usted se imagina. ¿No está claro?

En una nota informativa de hace dos semanas, El Telégrafo zanjó el debate sobre el número de asistentes a la marcha del 25 de junio en Guayaquil asegurando que la consultora contratada por el municipio “certificó” una asistencia de más 300 mil personas. “Certificó”. ¿O sea que “no lo hizo”? Más oscuro es el avance de portada de la edición del 6 de agosto: “Dirigentes ‘llaman’ a una asamblea de Quito”. ¿Qué significa “llaman”?

Ese mismo día, en su artículo semanal de opinión, el director del diario, Orlando Pérez, llegó al extremo de entrecomillar la palabra “correísmo”. Usted entiende: eso no existe.

Habló también de algunos “juristas” que preparan carpetas para juicios futuros contra los representantes de ese “correísmo”, juicios para los cuales acaso organizarán una “Comisión de la Verdad”. ¿Quiere decir que sospechosos abogados (que acaso ni lo sean) alistan una farsa? ¿Y por qué no lo dice? ¿O se trata precisamente de no decirlo, de limitarse a sugerirlo? ¿Qué clase de periodismo es este?

Demasiado a menudo El Telégrafo ha entrecomillado conceptos como “libertad” y “derechos humanos”, sobre los que otrora no había dudas. Hoy quedan en suspenso sometidos a la incertidumbre de una vaga irrealidad política según la cual, de pronto, quién sabe, quizá no signifiquen nada. A lo mejor “libertad” no es libertad. Es posible que los “derechos humanos” no sean los derechos humanos. Por primera vez desde la revolución francesa, gracias al correísmo, estos dos conceptos fundamentales de la convivencia política se han vuelto inciertos.

“Toda degradación individual o nacional es anunciada inmediatamente por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje”, escribió Paul Morand en su Journal inutile, esa suerte de manifiesto antimoderno post mayo del 68. El correísmo representa esa degradación con exactitud matemática. Cuando esto haya terminado, lo primero que habrá que reconstruir es el diccionario.

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Un comentario en “El Ecuador entre comillas

  1. Es evidente que el uso de comillas puede ser la intencion de relevar algo, o de poner en duda lo que se dice, incluso hay comillas graficas(un individuo hace la imitacion de ellas con los dedos indice o pulgar mientras dice algo, puede verse en comedias televisivas, como cuando se dice “novio”, o “profesional”, u “honesto”); sin embargo debido justamente a leyes represivas o mordazas, los que dicen y conocen la verdad(o tratan de deducirla), usamos las comillas, porque de que otra manera decimos en forma “morocha” las situaciones que se viven, p.ej. ¿podemos decir abiertamente ROBO A MANO ARMADA de fondos previsionales(como sucedio en un caso reciente), sin caer en un delito que los jueces correistas no castiguen con leyes torcidas?, y asi por el estilo; otra cosa es el uso que dan medios de comunicacion y politicos, porque lo que tratan no es de denunciar una situacion anomala, o un hecho doloso, sino denigrar, ofender, poner en duda algo, p.ej.: es comun que patanes ignorantones se refieran en publico a un expositor preguntandole o tuteandolo ¿SERAS INGENIERO?, o la profesion que se les ocurra, a sabiendas de que el orador es realmente un profesional titulado; en esencia, es lo que hace el correismo, y lo usa para cubrir falencias propias, ¿alguien le diria al Glas SERAS INGENIERO, O AL DELGADO SERAS ECONOMISTA, O A LOS ALVARADO DOCTORES?, a pesar de que realmente sus titulos son dudosos y puestos en tela de duda por como los obtuvieron.

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