La paradoja de Trasímaco: de cómo un doctor honoris causa puede causar vergüenza ajena

Considerando la recesión económica y el posible desastre que se avecina, este artículo carece de importancia. Es un simple ejercicio de asociación libre de ideas a partir de un puñado de declaraciones del presidente de la República sobre su viaje a Francia. Salta de un tema a otro con desenfado y sin concierto. Hay, sin embargo, un hilo conductor: la fatuidad del presidente y sus títulos honoris causa. Lo dicho: carece de importancia.

En la última sabatina antes de su viaje a Francia Rafael Correa hizo como que ya perdió la cuenta del número de doctorados honoris causa que ha coleccionado. “¿Cuántos tengo?”, preguntó pidiendo auxilio a sus asistentes con su característica sonrisa agria. “¿Trece, catorce?”. De todos los personajes que ha representado éste es el menos verosímil. Porque vamos a ver: ¿cómo hace un presidente para conseguir en ocho años el doble de títulos honoris causa de los que consiguió Albert Einstein en su vida entera? Pues fácil: poniéndole empeño, dedicándose. Y cualquiera que conceda tanta importancia a una tarea tan vacua no puede menos que mantenerse al corriente de los resultados. Sigue leyendo

Anuncios