La farsa del postcorreísmo tiene un nombre: Rodas

¿Qué cosa era el postcorreísmo? Durante el último año del anterior gobierno los ecuatorianos discutimos ese concepto sin cesar. Era una especie de horizonte al cual, lo sabíamos, no bastaría con llegar: una vez ahí había que construirlo. Era una tarea que concernía por igual a políticos como a periodistas, a empresarios y miembros de las élites como a ciudadanos rasos… ¿Qué ocurrió? Da la impresión de que la hemos dejado en manos de Lenín Moreno. Porque la palabra postcorreísmo desapareció de nuestro vocabulario y del debate público ni bien Correa dejó la Presidencia, como si el país hubiera renunciado implícitamente a esa posibilidad. Quizás nada demuestra mejor este conformismo y esta indolencia nacional que la sobrevivencia política (con el apoyo de élites, medios de comunicación y aliados de todos los colores) del más nefasto de los políticos quiteños de la actualidad: el alcalde Mauricio Rodas.

Preguntémoselo a Guillermo Lasso. La persona que supuestamente se había preparado para conducir la construcción de una sociedad postcorreísta fue la primera en traicionar ese proceso. En su intento de llegar a la Presidencia Lasso pactó con Rodas, el más correísta de los alcaldes anticorreístas. Lo hizo con pleno conocimiento. Lo hizo sabiendo que, como el correísmo, Rodas aprovechó a fondo la modalidad de las alianzas público-privadas que permiten mantener en la opacidad los contratos millonarios de obra pública en los que embarcó a la capital. Como el correísmo, firmó esos contratos (la vía Guayasamín, los Quitocables…) sin contar con los estudios técnicos necesarios y se burló de los ciudadanos con mentiras y diagnósticos forjados. Como el correísmo, privilegió los buenos negocios al interés de los ciudadanos. Como el correísmo, benefició con cientos de millones de dólares a empresas chinas cuestionadas en todo el mundo y negoció con Odebrecht en “conversaciones informales”. Como el correísmo, ocultó información y mantuvo en secreto el contenido de documentos públicos. Como el correísmo, se garantizó la gobernabilidad en el Concejo Municipal corrompiendo concejales, entregándoles (para eso se sirvió de su operador político informal, Mauro Terán) administraciones zonales y otras cuotas de poder que convirtieron la administración del territorio en una negociación perpetua con caciques locales y líderes clientelares.

Salvo algún detalle que se conoció más tarde, Lasso estaba perfectamente enterado de todas estas cosas cuando decidió establecer una alianza política con semejante angelito. Él no es ingenuo. Y fue informado. Sabía con quién se estaba metiendo. Pero se metió. ¿Por qué lo hizo? Por cálculos electorales. En un alarde de irresponsabilidad pública y falta de respeto por la capital, el líder de CREO decidió apuntalar el movimiento del alcalde, SUMA, entregarle en bandeja un bloque parlamentario y desentenderse de las consecuencias políticas que esa estrategia electoral acarreaba, sobre todo para Quito. A cambio de los votos de los quiteños (que torpemente pensó que esa alianza le reportaría), Lasso no vaciló en sacrificar a la ciudad. ¿Alguna vez SUMA soñó con tener un bloque en la Asamblea? Hoy lo tiene gracias a su alianza con CREO. Es decir: hoy SUMA está más fuerte que nunca y es posible que en la capital tengamos Rodas para largo. ¿Así construye postcorreísmo el señor Guillermo Lasso?

Pero, como era de esperarse, los asambleístas de SUMA lo han traicionado: votaron a favor de la consulta para prohibir la participación en elecciones de personas que, como él, mantienen cuentas bancarias en paraísos fiscales. Y como sus intereses electorales (y fiscales) son, ésos sí, muy importantes (mucho más importantes para él que los intereses de los quiteños, eso está clarísimo), Lasso se rasga las vestiduras. Y aparece firmando un comunicado en el que aboga por alianzas con un “contenido ético” que vayan (son sus palabras) “más allá de las poses electorales y de los cálculos políticos”. Es decir: exactamente lo contrario de lo que hizo cuando pactó con SUMA a cambio de unos votos que ni siquiera cosechó. Lo contrario de lo que en realidad cree y practica. Vaya jeta la de Guillermo Lasso. Uno se pregunta para qué diantres tipos como él se meten en esto si van a seguir con lo mismo, como si en el escenario político ecuatoriano hicieran falta más codiciosos de quienes desconfiar. Pues no, no hacen falta. No hace falta que el discurso de los políticos difiera tan radicalmente de lo que piensan y de la realidad que a todos consta. ¿Este es el postcorreísmo? ¿Este es el hombre que se preparaba para conducirlo? Qué pereza.

El caso es que Mauricio Rodas cuenta con demasiados apoyos de gente demasiado poderosa que, si él fuera correísta, hace rato que lo hubieran puesto en evidencia. Como (supuestamente) no lo es, las élites empresariales cabildean en los medios para protegerlo, para pedirles que miren a otro lado y hagan de la vista gorda frente a todas las barbaridades (éticas, políticas, administrativas) de su gobierno. ¿No es así? Piden “bajar el tono” de las críticas y disimular los defectos del alcalde para no “hacerle el juego”, así dicen, a los correístas. Y los medios privados de la capital parecen estar plenamente de acuerdo con esta política. Es una vergüenza.

Basta con mirar a los periodistas que lo entrevistan en las radios. Periodistas de prestigio que en muchos casos se enfrentaron al correísmo y fueron insultados y perseguidos. Radios que se convirtieron en símbolos de resistencia y a las que fue necesario defender de los ataques del poder: Democracia, Visión, Ecuadorradio… ¿Por qué no nombrarlas? ¿Puede el postcorreísmo basarse en silencios cómplices y falsos espíritus de cuerpo? ¿Hay que callarse para no “hacerle el juego” a los chicos malos? No, hay que decirlo: agobia la incapacidad de cuestionamiento y réplica de estos periodistas de prestigio, su ostensible voluntad de agradar al entrevistado, de acompañar sus discursos de abrumadora vaciedad y dejarlo desarrollar su demagogia. ¿No tiene Rodas una sabatina propia cada miércoles? Y esa miercolina, ¿no se hace con la evidente complicidad de periodistas nada ingenuos en otros temas? ¿Este es el postcorreísmo?

Los diarios privados de la capital no han arriesgado la menor lectura política de lo que pasa en la Alcaldía. Ni siquiera cuando el propio Rodas reconoció haber negociado con Odebrecht en “conversaciones informales” (un escándalo en cualquier democracia institucionalizada del planeta) parecieron inquietarse. Tampoco les importa que los trabajos en la vía Guayasamín estén paralizados contra todo lo previsto en el cronograma; que los planos definitivos y los estudios que sustentan esos planos ni siquiera se hayan presentado; que los chinos sigan cobrando el peaje y que una demanda de inconstitucionalidad contra la obra haya sido admitida en la Corte respectiva. Todo eso va a parar, si acaso, a las columnas de breves en alguna página interior de El Comercio o La Hora. Y, por fuera de las redes sociales, no existe debate alguno sobre los temas de la ciudad. La semana pasada, por ejemplo, Rodas perdió la mayoría en el Concejo en pleno debate sobre el alza de tarifas del transporte público y no hubo un solo análisis, una crónica que nos contara qué pasó y nos pintara las perspectivas de resolución del caso. Sobre la política municipal, donde se juegan tantas cosas (y, en la lógica de Rodas, tanta plata) los diarios se limitan al notarial registro. ¿Este es el postcorreísmo?

Lo de las tarifas de transporte es patético. Tras dos años y medio de vigencia de un sistema de compensaciones que exigía la adopción de mejoras en el servicio y la consecuente vigilancia de la Alcaldía para garantizar esas mejoras a Rodas le toca, por simple calendario, subir las tarifas. Porque le toca. Pero no ha hecho nada en dos años y medio, el servicio de transporte público continúa siendo el mismo desastre de siempre y como perdió, ahora sí irremediablemente, la mayoría en el Concejo, ha decidido postergar el tratamiento del tema, al parecer indefinidamente. Así que las cooperativas de transporte, impacientes, amenazan con paro. Cualquier día de estos amanecemos sin buses. Quito está al borde del caos y Rodas va a los medios y echa la culpa al Concejo. ¡El concejo que él mismo preside y al cual ni siquiera tiene el coraje de convocar para tratar el tema! Y los medios se la tragan. Y nadie hace repreguntas, como si temieran incomodarlo. Y ponen su grano de arena para que Rodas salga con las manos limpias de este sucio asunto de su absoluta responsabilidad en el que se ha conducido con total inoperancia. Y pasan a hablar de la fiesta de las luces. Es el grado cero del debate público. ¿Están los medios privados de la capital atados a los intereses del alcalde por contratos publicitarios o de otro tipo? ¿Se mantienen fieles a ese esquema de política binaria instaurado por el correísmo, según el cual la (supuesta) oposición al gobierno obliga a guardar silencio y tragarse cualquier rueda de molino? El hecho, el vergonzoso hecho, es que los medios privados están cumpliendo para Rodas el mismo papel que los medios estatales cumplieron para Correa en los últimos diez años. Ni más ni menos. ¿Este es el postcorreísmo?

Diez años de correísmo instalaron en el país una normalidad política hecha de anormalidades. Conductas indeseables se volvieron parte del paisaje. Se hizo normal hablar de millones, de decenas, de centenas, de miles de millones como si fueran fruslerías (hoy los 800 mil del caso Duzac nos parecen una birria). Se hizo normal el todoterreno de vidrios oscuros y sin placas pasando sin pagar por el telepeaje ¿Quién será el que va adentro? ¿Será el Chapo Guzmán? ¿Será José Serrano? ¿Será la esposa del alcalde? Con decir que se hizo normal la posibilidad de escuchar, todos los días en alguna radio o en casi todas, a una Marcela Aguiñaga, por ejemplo, perpetrando una convencidísima refutación ¡de Montesquieu! Así de aberrante. Todos los días algo de ese calibre.

El correísmo fue esa gran farsa: la mentira y el ocultamiento instaurados como política de Estado. Se suponía, pues, que el postcorreísmo sólo podría consistir en un esfuerzo concertado por desterrar esa normalidad y recuperar la verdad y la decencia. ¿Se está cumpliendo? Ni de lejos. Hoy el país se escandaliza por las aberraciones que pasaron por normales durante todo este período pero parece perfectamente dispuesto a aceptar como buenas esas mismas aberraciones con la condición de que provengan de otro. Grave, porque a este paso bien podríamos terminar volviendo sin beneficio de inventario a las también aberrantes normalidades del precorreísmo, que fueron las que nos condujeron a este punto. El precorreísmo, cuando a las élites económicas les valía tres atados la suerte de la educación pública porque sus hijos se educaban en colegios privados. Eso era normal. Cuando la gente de poder hacía lobby en los medios para pedir la cabeza de periodistas incómodos y los medios ¡se la daban! Y eso era normal. Cuando la tercerización era una estrategia legítima para explotar a los trabajadores, para mantenerlos durante años con contratos de tres meses renovables al infinito y despedirlos masivamente si fuera necesario. Hay empresarios que hicieron eso y cosas peores y hoy se escandalizan de Correa. Porque eso era normal. ¿Volverá a serlo? Todo es posible. La supervivencia política de Mauricio Rodas con la complicidad de las élites y los medios privados demuestra que nada hemos aprendido. Una supervivencia labrada a fuerza de mentir, a fuerza de corromper, a fuerza de mantener la ciudad en el desgobierno. Todo eso es normal, ¿qué se puede decir? Fue un bonito sueño mientras duró pero se desvaneció el 24 de mayo. Hoy sabemos que el postcorreísmo es una farsa: Mauricio Rodas lo prueba.

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