Admitámoslo: somos un país de mierda

A las mujeres venezolanas las empiezan a acosar el día en que pisan el país. La exuberancia caribeña parece sobrepasar todas las líneas rojas hormonales del mojigato macho andino. Y las represiones sexuales durante largo tiempo contenidas, espoleadas por una posición de poder en la que inciden la pobreza, el desempleo o la falta de papeles migratorios de las víctimas, brotan desenfrenadas y aborrecibles. Hay que oír lo que cuentan estas mujeres, jóvenes como casi todos los emigrantes de su país en el nuestro, muchas de ellas con títulos universitarios y compelidas a trabajar lavando platos, sirviendo mesas o vendiendo arepas en las calles. Sus testimonios son una bofetada en la falsa conciencia que los ecuatorianos hemos construido sobre nuestra supuesta calidad de pueblo amable, generoso, buen anfitrión, cordial con los visitantes, solidario… En fin, todas esas mentiras  que llevamos metidas en la cabeza y que el aparato de propaganda multiplicó durante diez años, cada vez que el lobby o los negocios cataríes de algún Alvarado nos conseguía una candidatura para los World Travel Awards o lo que fuese.

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