La paradoja de Trasímaco: de cómo un doctor honoris causa puede causar vergüenza ajena

Considerando la recesión económica y el posible desastre que se avecina, este artículo carece de importancia. Es un simple ejercicio de asociación libre de ideas a partir de un puñado de declaraciones del presidente de la República sobre su viaje a Francia. Salta de un tema a otro con desenfado y sin concierto. Hay, sin embargo, un hilo conductor: la fatuidad del presidente y sus títulos honoris causa. Lo dicho: carece de importancia.

En la última sabatina antes de su viaje a Francia Rafael Correa hizo como que ya perdió la cuenta del número de doctorados honoris causa que ha coleccionado. “¿Cuántos tengo?”, preguntó pidiendo auxilio a sus asistentes con su característica sonrisa agria. “¿Trece, catorce?”. De todos los personajes que ha representado éste es el menos verosímil. Porque vamos a ver: ¿cómo hace un presidente para conseguir en ocho años el doble de títulos honoris causa de los que consiguió Albert Einstein en su vida entera? Pues fácil: poniéndole empeño, dedicándose. Y cualquiera que conceda tanta importancia a una tarea tan vacua no puede menos que mantenerse al corriente de los resultados. Sigue leyendo

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Ministro Serrano, la Policía no es su fuerza de choque

Señor ministro del Interior:

Ya no sorprende su versión sobre los hechos de violencia del pasado 3 de diciembre. Ya no sorprende oírlo mentir con una solvencia que sólo pudo haber aprendido de su jefe, el presidente de la República. Ya no sorprende verlo a usted representar con él, cada sábado posterior a una manifestación importante, el ridículo sainete del policía bueno y el policía malo: el presidente exigiendo más represión, más detenidos, menos tolerancia; usted llenándose la boca con aquello de “el uso progresivo de la fuerza”. Desde junio venimos asistiendo a este espectáculo de miseria. Sigue leyendo

El Presidente tiene derecho a todo. ¿Y nosotros?

En el debate público, el Presidente de la República parece haber reservado para sí el monopolio de la mentira, la infamia y la violencia. El combate contra la mentira, la infamia y la violencia que él dice haber emprendido con el fin de sanear el debate público, se refiere a la mentira, la infamia y la violencia de los otros. No a las suyas. Cuando el Presidente de la República quiere mentir, infamar o ser violento, los ciudadanos estamos en la indefensión: ni las leyes ni los aparatos de control creados por el propio correísmo pueden evitarlo. De esto hay precedentes documentados. Sigue leyendo

Correa prepara un ejército de trolls para la madre de todas las batallas

El Presidente abrió este sábado una puerta que la ley de comunicación había cerrado: la intervención del Gobierno en las redes sociales, único espacio que el aparato de propaganda no controla pese a todos sus esfuerzos. Parece que los memes que día por medio lo ponen en ridículo (o que simplemente dan testimonio del ridículo en que se pone él solito sin esfuerzo) son parte de una campaña concertada por la derecha internacional y las oscuras fuerzas del imperio para desestabilizar al régimen. Empezó por arremeter contra la página de Crudo Ecuador, a la que acusó de tergiversar la verdad y estar financiada por “un partido político” para llevar adelante “un ataque sistematizado”. Crudo Ecuador, según Correa, se sirve de tecnología de punta para la detección de contenidos en redes sociales (un software como el que usan los servicios de inteligencia, dijo) e involucra a “otros trolls” que difunden sus infamias. Y lo peor: “es parte de la restauración conservadora”, lo cual parece justificarlo todo. Sigue leyendo

De cómo Rafael Correa se perdió la única revolución de nuestra historia reciente

Probablemente Rafael Correa no lo sabe porque no estuvo ahí. En 1991 él acababa de regresar de Europa y Estados Unidos, tras unos años de beca universitaria, y se abría campo en el mundo profesional como burócrata del Banco Interamericano de Desarrollo, donde ocupaba alguna gerencia administrativa lejos de los movimientos sociales. Para entonces, al cabo de un proceso sorprendente que Rafael Correa se perdió por andar en el extranjero y tras el levantamiento del año anterior, la Conaie había alcanzado un nivel de organización y representatividad sin precedentes para un movimiento indígena en América Latina y se había convertido en uno de los principales actores políticos del Ecuador. Sigue leyendo

El correísmo se nos metió en el cuerpo

Algo propio de las teocracias, los totalitarismos y los regímenes autoritarios basados en la propaganda es imponer un concepto universal de bien supremo y obligar a la población a aspirar a él. Semejante visión no tiene nada que ver con la democracia. Un estado democrático no es compatible con la idea de un bien supremo: los únicos valores que lo rigen son los valores republicanos, aquellos que pueden ser compartidos por todos precisamente porque no derivan de credos o supersticiones sino que están fundados en eso que Habermas llama “el uso público de la razón” y sirve para garantizar la convivencia entre distintos. “La democracia –escribe Todorov en La experiencia totalitaria– no pretende ser un estado virtuoso”: en ella “cada quien es libre de definir y de buscar el bien a su manera. La democracia es el régimen que hace posible esta búsqueda libre”. Sigue leyendo

Preguntas para Mónica Hernández

Cuando Hugo Chávez le preguntó si era feminista, Rafael Correa rió nerviosamente, dijo que sí como por obligación y soltó una profunda bocanada de aire que casi le quiebra el pescuezo: Youtube no miente. Entre su risa despótica de las sabatinas y su risa nerviosa de cuando alguien más grande que él le pide cuentas media un abismo que reclama la atención de los estudiosos del lenguaje corporal: no es lo mismo mentir cuando se manda que mentir cuando se es mandado. Pero ese es tema de otro artículo. Sigue leyendo

Un presidente en las alcantarillas

El trabajo de quien se dedica a analizar el discurso de Rafael Correa se parece a veces al de un minador de basura entre las montañas de detritus: se requiere de guantes, mascarilla y botas de siete vidas para sobrevivir a la aventura sin contaminarse de las bacterias devastadoras que acechan entre los desperdicios. Como un buceador de ruinas, como un aventurero en una tribu de pigmeos mentales, como un minero olvidado en el fondo de un socavón oscuro, irrespirable y húmedo, el analista que incursiona, por ejemplo, en las tres horas y media de monólogo sabatino, ha de investirse del aplomo y la fortaleza anímica que le permitan emerger del fondo de la alcantarilla sin ver comprometida su cordura ni afectados sus sentimientos. Sigue leyendo

La ducha escocesa de Goebbels y Correa

¿Cuál es el medio de propaganda más potente y eficaz del correísmo? Por supuesto no son las cadenas nacionales ni los noticieros de los medios estatales; no son las cuñas de la Secom ni los discursos presidenciales. ¿Cuántas veces hemos visto a la gente, en buses o tiendas de barrio, continuar con sus conversaciones cotidianas mientras Rafael Correa se desgañita en su monólogo sabatino desde el receptor de radio más cercano, aunque al día siguiente los cómputos oficiales hablen de los cientos de miles de personas que recibieron el mensaje? O sea que no, tampoco son las sabatinas con sus interminables explicaciones aburridoras e ininteligibles. Sin embargo, los picos de atención que se producen en ellas proporcionan una pista. Por ejemplo: el Presidente puede dedicar cinco minutos a explicar la teoría de las políticas contracíclicas en la economía sin captar propiamente el interés de las masas ni transmitirles un conocimiento siquiera sumario del asunto. Sólo cuando remate diciendo que el gasto público no se reducirá aunque los sufridores se sigan oponiendo y la prensa corrupta lo critique, sólo entonces habrá establecido un punto: la idea global será comprada aunque no entendida por las masas. Las palabras clave de esta transacción emocional son “sufridores” y “prensa corrupta”, y en torno a ellas se explayará Correa multiplicando gestos de desdén y fingidas sonrisas de autosuficiencia. Sigue leyendo

El día en que mandaron a Correa solito en el Hummer

El presidente de la República ha adquirido la pontificia costumbre de referirse a sí mismo en primera persona del plural: “nos complace”. Un hábito que corresponde al papel que desempeña su propia persona (y por misterio equiparable a la transustanciación, su cuerpo serenísimo) en el tinglado de representaciones del poder que acompaña sus desplazamientos. No hay mejor propaganda del correísmo que Correa mismo, de ahí que su presencia física no pueda prescindir de las solemnidades que lo distinguen del común de los mortales y de cuyo protocolario cumplimiento, como lo demostró en la última sabatina, se ocupa personalmente. Sigue leyendo