Una casta de sordos desalmados

1. La razón tecnocrática no escucha razones…

Poblaciones rurales de la Sierra son obligadas a desechar sistemas de riego que han funcionado durante 300 años de manera eficiente y sin conflictos porque no coinciden con los mapas trazados por los hidrólogos de la Secretaría del Agua en sus escritorios. Jóvenes aspirantes a universitarios que aprobaron el examen de admisión en Quito reciben de pronto su cupo para estudiar en la provincia de El Oro porque así lo exige la planificación administrativa de la Senescyt. Comunidades de selva tropical, por ejemplo en Pañacocha, son invitadas a trasladarse a multifamiliares de material prefabricado y pinta de club campestre para burócratas porque así conviene a las necesidades de centralización de los servicios públicos. Pequeños emprendedores que dependen de materias primas importadas para la fabricación de sus productos descubren que les resultaría menos desalentador y más rentable dedicarse ellos mismos a su importación y cambiar la producción por el comercio… Sigue leyendo

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El correísmo se nos metió en el cuerpo

Algo propio de las teocracias, los totalitarismos y los regímenes autoritarios basados en la propaganda es imponer un concepto universal de bien supremo y obligar a la población a aspirar a él. Semejante visión no tiene nada que ver con la democracia. Un estado democrático no es compatible con la idea de un bien supremo: los únicos valores que lo rigen son los valores republicanos, aquellos que pueden ser compartidos por todos precisamente porque no derivan de credos o supersticiones sino que están fundados en eso que Habermas llama “el uso público de la razón” y sirve para garantizar la convivencia entre distintos. “La democracia –escribe Todorov en La experiencia totalitaria– no pretende ser un estado virtuoso”: en ella “cada quien es libre de definir y de buscar el bien a su manera. La democracia es el régimen que hace posible esta búsqueda libre”. Sigue leyendo