El correísmo se nos metió en el cuerpo

Algo propio de las teocracias, los totalitarismos y los regímenes autoritarios basados en la propaganda es imponer un concepto universal de bien supremo y obligar a la población a aspirar a él. Semejante visión no tiene nada que ver con la democracia. Un estado democrático no es compatible con la idea de un bien supremo: los únicos valores que lo rigen son los valores republicanos, aquellos que pueden ser compartidos por todos precisamente porque no derivan de credos o supersticiones sino que están fundados en eso que Habermas llama “el uso público de la razón” y sirve para garantizar la convivencia entre distintos. “La democracia –escribe Todorov en La experiencia totalitaria– no pretende ser un estado virtuoso”: en ella “cada quien es libre de definir y de buscar el bien a su manera. La democracia es el régimen que hace posible esta búsqueda libre”. Sigue leyendo

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